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miércoles, 7 de enero de 2009

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El Caracol

El caracol es una construcción antigüa que se encuentra dentro de una porción de tierra cercana a la propiedad de don Esteban, para llegar es necesario caminar de Chiapa de Corzo, posiblemente menos de cinco kilómetros. Hay que atravezar el Nandalumí, arroyo negro, de aguas frías y relajantes. Desde el lugar de lo que se presupone fue el juego de la pelota se observa misterioso el Namandiyuguá, cerro brujo, en cuyas faldas está Nandayacutí, hoy Palestina. Así se llega al rancho de Don Esteban; todavía se atraviesa otro arroyo antes de ascender una escarpada cuesta rodeada de árboles frutales y maderas preciosas. En la cima, a un costado de esta construcción se extiende una plantación de jocotes y en la lejanía se observa en toda su magnitud el Cañón del Sumidero.

Con ladrillos colados en espiral, antiguos constructores formaron un caracol, lamentablemente, desde hace algunos años un árbol cayó justo en la entrada a éste, cubriéndola con sus rama que poco a poco han ido sellándola, impidiendo el paso y evitando que se pueda observar con mayor detalle. Es aquí como dice Don Esteban que "está encantado", ya que cosas muy raras suceden.

Una vez cuando su hija era pequeña, lo acompañó, mientras el se pusó a trabajar, la pequeña se puso a jugar lejos de donde estaba él, de pronto se escucharon los gritos de la niña, Don Esteban corrió hacia ella y vió que dos palomas de gran tamaño, blancas y con un listón rojo en el cuello, se pavoneaban alrededor de ella, asustándola, caminando lo más rápido que pudo hacia ella, y al momento de llegar, las palomas desaparecieron.

Toda la familia de Don Esteban ha vivido ahí, su papá también les platicaba que estas cosas ya pasaban en el caracol hace mucho tiempo. Una vez, su papá y su tío habían ido a trabajar, su tío pretendía cortar los árboles de un área cercana, porqu iba a sembrar maíz, pero no pudo hacerlo. Una fuerza se lo impedía cada vez que lo intentaba, arrancando de sus manos el machete. Muy molesto, empezó a blasfemar y recogiendo el machete intentó cortar el árbol nuevamente. La fuerza que se lo impedía le arrebató el machete y esta vez le cortó una mano. Desde entonces no volvió a hacerlo; este lugar está encantado y hay que tener respeto por eso.

En otra ocasión, este mismo tío, al regresar a casa ya casi entrada la nochecita, encontró en su camino a una serpiente de enorme tamaño, fuera de lo normal. Se lo quería ganar, hasta el perro que iba con él huyó lleno de miedo, como pudo retrocedió y también escapó del lugar. Al llegar a la casa se lo dijo a su hermano, al día siguiente fueron hasta el lugar donde había visto a la serpiente, con rifle, pero no encontraron nada.

Pasó el tiempo, y su tío se había olvidado del suceso, cuando una mañana que caminaba solo por el lugar, al pasar por una cueva encontró de nuevo a la víbora, dice que no pudo moverse de tanto miedo que sintió, pues de la cueva asomaba una cabeza descomunal, y huyó de ahí, si hubiera volteado, seguro que le gana su valor, y se hubiera adueñado de su alma.
Por todo esto, Don Esteban asegura que el lugar está encantado.

Fuente: Trozos del Sol, Nagualismo y Tradición Oral, Yolanda Palacios

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La Campanona y la Campana de Agua


En el campanario de la Iglesia de Santo Domingo se aprecia la presencia de una gigantesca campana que los religiosos llaman la campana mayor.

Dicen que cuando se terminó la Iglesia, tanto los religiosos como la población, encargaron la fundición de las campanas que requería el hermoso campanario. La construcción de la campana mayor y otra más pequeña se realizó en Centroamérica y cuando estuvieron terminadas salió la comitiva con la intensión de llevarlas a su destino final. De Guatemala a Chiapa de Corzo, en aquellos años duró varios meses, se sabe que ya en tierras chiapanecas atravesaron el Río Grijalva en el lugar más estrecho del mismo, conocido como la Angostura, en donde ahora se encuentra la presa que lleva ese nombre y precisamente en ese lugar, por desgracia, la campana más pequeña se desprendió de sus amarres y cayó en el río. En ese mismo intstante las aguas se encresparon, se apreció un enorme remolino y se formó una gran laguna, que se conoció con el nombre de Chuquiyaca. Como no fue posible rescatarla, los comisionados continuaron su camino a Chiapa de Corzzo.

Para subirla al campanario se construyó una rampa de madera de cuadra y media y con grandes rodillos la fueron jalando. El eje se hizó del corazón del árbol de chico zapote y actualmente está amarrada con cadenas de gruesos eslabones por su peso. El badajo original era de oro y la aliación se hizo de cobre, bronce y oro. Los fundadores la bautizaron y así está grabado en ella, con el nombre de Teresa de Jesús. Cuando ocupó su lugar y se le hizo repicar, su sonido se dejó escuchar a gran distancia.

El badajo actual ya no es de oro, pues un sacerdote se lo llevó y le puso otro de fierro, con el que la campana perdió mucha sonridad. Se le conoce como "la campanaria".

La leyenda sostiene que la campana que se quedó en el río, repica desde el fondo del agua y sus repiques se escuchan desde lejos. Eso sucede, dicen unos a media noche, otros que en noches de luna llena. Ahora esta campana se conoce como la Campana de Agua. Los que escuchan sus repiques se sientes afortunados y elegidos de Dios.

Fuente: Leyendas Chiapanecas, C. Pineda & A. Rincón

martes, 6 de enero de 2009

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El Misterioso reloj de Chiapa de Corzo



Esta historia se da lugar en Chiapa de Corzo en la primera mitad del siglo XVII, donde vivía don Alberto Cerda, un rico terrateniente. Jacinto López, su principal criado se encontraba en un estado de salud delicado, y se encontraban esperando su fallecimiento, y así fue, dejando bajo la tutela de don Alberto a su hijo José. El niño fue criado con ciertos privilegios sobre los demás muchachos de la hacienda, de los cuales doña Caridad, esposa de don Alberto, nunca quiso que le fueran dados al pequeño, y a que ella era despiadada y arrogante. Y eso no era todo, pues el matrimonio tenía una hija llamada Concepción, que contaba con la misma edad que José.

Pasado el tiempo, ambos muchachos crecieron, José seguía de criado y Concepción que cada día era más linda, encerrada en su casa. Su único paseo era el que hacía con su papá por las márgenes del río, llevando a José como remero.

El muchacho se enamoró de ella, don Alberto estuvo de acuerdo con el noviazgo, pero no así doña Caridad, y no teniendo a nadie de la casa de su parte, buscó la ayuda de un joven rico y tenorio del pueblo, Fernando Gutiérrez, el cual según doña Caridad siempre había deseado cortejar a su hija, y sin pérdida de tiempo le propuso que se llevará a Concepción lejos de la hacienda y la amara, así todo terminaría con el casamiento de ambos jóvenes.

Fernando tuvo la oportunidad de cometer su fechoría, pero ésta no salió como lo habían planeado, pues resultó que la muchacha se defendió, y este al sentirse despreciado e impotente, sacó un puñal y lo clavó en el pecho de la joven. Cuando recapacitó de lo que acababa de hacer, corrió al lado de doña Caridad con una mentira, diciento que Concepción prefirió morir antes que traicionar a José y que sorpresivamente le sacó el puñal que siempre llevaba en su cinto y antes que pudiera evitarlo, se partió el corazón.

Doña Caridad, que nunca esperó esta tragedia, lo único que hizo fue arreglar un nuevo trato, en donde le echaba la culpa de la muerte a José, quien fue juzgado y condenado a morir en la horca, exactamente cuando el reloj de la plaza tocara la primera campanada de las doce de la noche. Por su parte don Alberto, que se encontraba deshecho, descargaba toda su ira en el infeliz de José, creyéndolo, de igual modo, culpable.

Llegado el día de la ejecución, toda la gente del pueblo se congregó en la plaza, y al llegar la hora, las manecillas del reloj marcaron las doce de la noche, pero jamás se escuchó ninguna campanada. El pueblo de Chiapa vio asombrado que los minutos transcurrieron si que las campanas sonaran. Así el reloj salvó la vida de José.

Fernando, que hasta entonces presenciaba la ejecución, de repente enloqueció y comenzó a gritar: "Yo la Maté", "Yo la maté", al mismo tiempo que acusaba a doña Caridad como su cómplice.

Días después, en lugar de José, Fernando fue colgado y doña Caridad encerrada por cómplice.
Aparentemente todo volvió a la normalidad en el pueblo, pero sus habitantes recordarían aquella noche del 9 de agosto, en que el misterioso reloj de la plaza de chiapa había salvado a un hombre inocente.


Fuente: Leyendas Chiapanecas, C. Pineda & A. Rincón

miércoles, 17 de diciembre de 2008

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La Carretilla de San Pascual


Una de las historias que se cuentan es de Don Chente, quien ya tenía sufriendo alrededor de dos años de fuertes calenturas, según sus familiares era un gran espanto que tenía, ya que contaba Doña Tomasa que su viejito un día que andaba en la milpa, le salió un coralillo, esas culebras venenosas, de pura suerte no lo mordió pero eso sí se llevó un gran susto y desde ahí empezó con fríos y calenturas.
Y así paso mucho tiempo, fue a ver a doña Quirina, a doña Cholona, a don Mariano Cervantes para que lo curaran de espanto, de azar, de empacho y quien sabe de cuantas cosas más, miles de remedios y seguía igual, y el pobre hombre cada día más delgado, era puro hueso.
No había remedio que no hiciera, desde lavados de agua de nixtamal hasta una sangría, tantas eran sus ganas de vivir y llegar como decía el a la fiesta de San Andrés de las Gallardo, que aceptaba, pero así también se le iba la poca vida que tenía.
Un día que estaba tomando su pinol, a la hora de la oración, se oyó el ruido de la Carretilla de San Pascual, ese rechinar que pone a las familias que lo escuchan con tremendo miedo. Al poco rato va llegando Simonita, rezadora de oficio, que siempre estaba pendiente de los enfermos graves para ayudarlos a bien morir.
Ahí viene la Simonita gritó uno de los vecinos, llegó como "agua de mayo" dijo otro.
¿Cómo está mi compadre Chente, Tomasita, decíme, cómo está?
Entrá Simonita, vení a verlo, mirálo como esta mi viejito, ya la nariz la tiene bien parada, y ese "jervor" de pecho que tiene, pa'mi que se está muriendo.
Por eso vine, oí la Carretilla de san Pascualito, y cuando pasa por onde están los enfermos graves, es seguro que se los lleva. Y no es que le pida la muerte, pero anoche también pasó sólo que más despacio que ahora, y es así como pasa sonando despacito, es para que la familia vaya consintiendo lo de la muerte pero hace rato cuando tocó la oración sonó bien fuerte.
Como será usted Simonita, mi papá va a vivir más tiempo, -velo hijita - vayan prepárandose, no es que quiera que se vaya pero cuando la carretilla pasa....
¡Ya se fue! ¡se fue mi viejito! - dijo Tomasita; ¡ya se fue! ¡ya no respira!......
Rrrrrrrrrrrrr, se oyó en esos momentos, y volvió a escuchrse ese rechinido tan especial.....se había llevado a Don Chente

domingo, 14 de diciembre de 2008

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La Cueva de la Chepa

Cuentan que aquí en Tuxtla, una guapa muchacha del Barrio de Colón se prendió de un apuesto mancebo que según los padres de éste, no era merecedora de un hombre que no era de su categoría. Panchito, un hijo de casa rica a quien le llamaban el niño Paco, en una de tantas andanzas estuvo en un baile, de "sentada de niño" y allí conoció a Josefa, que en su barrio le decían la Chepa.
Días después, Paco no cesaba de frecuentar aquel rumbo del puente de Colón, que por esa época aún no lo hacían; las primeras veces aprovechaba cuando Chepa iba al Río Sabinal por agua. En muchas ocasiones le cargó el cántaro hasta cerca de la tranca de su casa porque los padres de la chica ignoraban el idilio, los padres del niño Paco menos que lo supieran, pues cuando se veían por las tardes, engañaba a sus padres diciendo que iba al colegio.
Llegó a tanto su amor que no se aguantaron y ella muy decidida le dijo a Paco: me voy contigo donde me llevés, pero Paco era un niño mimado y un poco temeroso, no se hallaba con ánimos de tomar aquella arriesgada decisión.
La Chepa insistía: Lleváme Paco, lleváme a donde querás. Paco debía dejar de ser hombre para no aceptar la propuesta que lo comprometía, fue así como le dijo: Si mi reyna, te llevo a donde nadie nos vea aunque se opongan a nuestro amor.
Mirá Paco, por aquí cerca está una cueva, si no tenés a donde llevarme, allí haremos nuestro hogar y nadie sabrá donde estamos, ¿qué decís?, ¿vamos allí?
Paco, muy resuelto, le dijo que lo esperara, que al día siguiente por la tardecita se iría con ella, que iría por su ropa, por algunas cosas para poder pasar las noches. Y así fue. Muy formal, al atardecer de un sábado regresó con un pequeño bulto en el que escondía también un "pumpo", Chepa que estaba esperando con ania, saltó por un portillo del corral de "aguaná" y como gacela, "tropeleó" dispuesta a seguir a su compañero.
Pronto desaparecieron por los manantiales y hallaron la cueva, donde dieron rienda suelta a sus deseos.
Los padres de ambos, al ver que no llegaban a su casa uno y ni el otro, los buscaban muy afligidos, pensando que podían haberlos matado o que la "tisigua" hubiera extraviado a Paco. Por informes de algunos que los veían por el Río, dijeron a los padres lo que habían observado y no faltó alguien que los viera escapar muy cautelosos. Fue así como se conocieron ambas familias y se dedicaron a buscarlos.
Cuando se dirigían por el rumbo cerca de donde estaba la cueva, vieron de lejos que Paco iba solo. Sin seguirlo, esperaron que regresara a su casa y cuando llegó no dijo nada de lo que había hecho. Sus padres no insistieron en saber lo ocurrido; mientras tanto, Chepa se quedó oculta en la cueva esperando, sin que llegara Paco a verla. Ella tenía la esperanza del regreso del infiel, y espero varios días, sustentándose con los frutos que a escondidas hallaba en el campo. Sus padres nunca la hallaron, pues cuando llegaron a la cueva ella no estaba allí.
Por fin desfallecida por el hambre, agotada y más que todo decepcionada por el pago del ingrato, murió. Años después, la encontraron cubierta toda de Guano, estiércol de murciélagos, ya toda descompuesta despidiendo fétidos olores.
Fue el escándalo del pueblo, de que la Chepa la habían encontrado por fin, en la cueva del rumbo de la piedrona, desde entonces llaman así a la cueva, "La Cueva de la Chepa".

Fuente: Monografía del Municio de Tuxtla Gutiérrez

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El Sombrerón


Con frecuencia se escucha en nuestro pueblo "seguro, tiene tratos con el diablo", otro "como no va a tener dinero si en la casa que acaba de comprar encontró un buen entierro, hallando mucha plata y mucho oro en monedas y alhajas", sobretodo en aquellas familias que de repente empiezan a hacer uso de su dinero.
Estos comentarios se escuchaban entre los vecinos de uno de los barrios de Tuxtla a principios del siglo, en aquellos años cuando lo que se contaba en leyendas o tradiciones lo afirmaban como si fueran hechos reales; otras veces los casos de las leyendas los relacionaban con personajes del lugar.

Así sucedió, cuando los vecinos de doña Moni, se dieron cuenta que tenía mucho dinero, de que sus fiestas de ensartadas de flores en el mes de mayo eran muy espléndidas. Ya que echaba la casa por la ventana ofreciendo a sus invitados suculenta y abundante comida: sopa de pan, un buen mole de jolote y un sabroso estofado. Otras veces el tradicional puxaxé con sus respectivos cananés, el zispolá si se llevaban a cabo un mequé en su casa, con motivo de la sentada de las vírgenes de Copoya o si llegaba a ser priosta del Belén; ocasiones en que lucía su buen costal de azul añil, tejido en telar de cintura en la casa de la tía Flora, su blanco huipil con bonitos bordados en la bocamanga y para cubrir su cabeza unos encajes hermosos que le caían a los lados, medio cubriéndole sus aretes de canasta y corales. En estas fiestas lucía también su rosario de rojos corales con mediecitos guatemaltecos para marcar los misterios, una gruesa cruz de filigrana hecha por don Juan Mará, aparte, su collar de rojos corales y cuentas de oro de trecho en trecho, sus anillos de planchita y su buen paliacate en la cintura para bailar.
Contaban los vecinos del barrio que cierta ocasión doña Moni se dirigía a su terreno por el rumbo de Copoya para recoger nanchis y malucos cuando de repente se le presentó un hombre muy galante, como para ella, pues cabe decir que era güera, alta y galana, apuesta como resultado de saber llevar en la cabeza el típico jicalpextle.


El galán aparecido portaba un buen traje de charro, algunas veces, otras se presentaba con vestimenta zoque. En esta ocasión lucía apretado calzón negro de paño con botonadura de plata en los costados, al igual que la chaqueta; un elegante charro galoneado, espuelas de plata, relucientes botines y una corbata escarlata que hacía resaltar su apostura y grandes bigotes.
Salió al encuentro de la Moni, diciéndole que estaba muy guapa; le habló por su nombre sin conocerla, por lo que ésta se quedó asustada pensando entre sí ¿cómo es que sabe mi nombre este cristiano? El galán se acercó a ella y tratando de tomarle las manos y hasta de abrazarla de la cintura, le decía que se fuera con él, que en la cueva donde vivía tenía muchos cofres con tesoros, que allí podía tomar alhajas, monedas de oro y todo cuanto quisiera.
Cuando dijo que vivía en la cueva se sorprendió y recordó que así le habían hablado del "Sombrerón". Al pensar en eso se le enchinó el cuerpo y trató de escapar lo más pronto posible, pero ella sentía que se le aguadaban las piernas y que no podía correr. Invocó al Señor de las Ampollas del Trapichito haciendo al aire unas cruces y al momento desapareció aquel extraño varón. Rápidamente se regresó a su casa pero siempre con la tentación del ofrecimiento que le había hecho el galán, se decía entre sí "voy a regresar otro día, a lo mejor esta es mi suerte".
Y así lo hizo, y este personaje se le volvió a aparecer casi por el mismo lugar que en la ocasión pasada, elegantemente vestido con un "Nacamandoc". En cuanto divisó a la Moni, pronto se encaminó a su encuentro y la tomó de las manos; como por encanto puso en ella una gruesa cadena de oro con su respectiva cruz de filigrana, unos aretes de canasta y doce anillos de planchita. La Moni abrió tremendos ojos, preguntándole: ¿qué más me vas a dar?, al momento puso a sus pies mucho dinero, macacos, pesos de balancita, más alhajas, unos buenos rollos de brocado, hasta ropa donde se dejaba ver encajes y calados.
Pero eso no paró allí, pronto le dijo que si quería ser siempre joven galana y sana, pronto respondió que sí, a lo cual le dijo el galán: pues ven conmigo a darte un buen baño en el arroyo de la cueva de Cerro Hueco. Como por encanto al momento se vió en el claro arroyo, sientiendo que su cuerpo estaba más liviano y terso. Lo malo fue que, al mismo tiempo iba sintiendo más fuerte olor a azufre, por lo que pronto trató de huir, pero eso sí, no soltó lo que había recibido. Al hacer lo mismo que la vez anterior y rezando algo entre sí, desapareció el personaje.
Cuando regresó a su casa contó que se había encontrado con un hombre muy guapo, rico y bien vestido, sin contar lo que le había dado ni lo de los tesoros. Después de hacerles a los vecinos una descripción perfecta, todos al unísono le dijeron ¡es el sombrerón que se te apareció!

Cuando se dieron cuenta de que la Moni contaba con alhajas, que era muy espléndida empezaron a divulgar que estaba vendida con el diablo, que cuando se muriera su alma iba a estar penando si no repartía entre los pobres su riqueza. Como todo eso llegó a sus oídos, pronto fue a confesarse recibiendo de penitencia cien rosarios diarios, que repartiera sus tesoros con los pobres y que diera más barata la carne de "cochi" que vendía en el mercado.

Trató de hacer todas las penitencias, pero lo hizo a medias, por lo que, cuando murió su alta estuvo penando; oyéndose quejidos y lamentos junto al templo del barrio; como vendió la casa a uno de sus descendientes el que la compró, dicen que encontró todos aquellos tesoros enterrados.


Fuente: Monografía del municipio de Tuxtla Gutiérrez

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Leyendas

Cuando no se contaba con la radio, con la televisión, las familias se congregaban alrededor del abuelo, de los papás, de tíos para escuchar relatos, leyendas que de generación en generación se venían transmitiendo, que versaban sobre algunos hechos corregidos y aumentados gracias a la imaginación de los que gustaban hacer esos relatos.
Hubo cuentistas que sin tener estudios literarios, por su imaginaciòn recreaban con sus cuentos a los hijos, a los nietos, en los velorios. así se recuerda a don Prudencio Aguilar, de quien se dice los cuentos de tío Prude.
El platicón de don Bucho Valerio, quien no podía estar callado por esta contando cuentos, chismes, algo que sucedión en el pueblo. En Juan Crispín es famoso todavía Luis Toalá, quien puede estar contando toda una noche cuentos macabros de brujas y espantos.
Varias son las leyendas que se cuentan a lo largo y ancho del Estado, con la gracia y lenguaje propio de nuestra tierra, que se irán contando en esta página.

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